Naturaleza Hermética

EL CIELO, LA MONTAÑA Y EL MAÑANA

Silencio. Sed respetuosos. No debéis hacer otra cosa. Cualquier sensibilidad humana debe estremecerse bajo la presencia totalitaria de la montaña, la roca primordial que nos ignora, que nos recibe con desdén. No somos nada para ella. No somos ni piojos intentando subir a un elefante.

La montaña es mucho más que eso, casi no podemos ni darnos cuenta de todo su significado. Es el gran dios elemental que aún disfruta la siesta y aguarda, todavía sin prisa, tiempos más propicios para desperezarse a gusto. Sólo hacemos nuestra vida porque duerme, porque en este momento no necesita cambiar de postura, porque él no tiene nada mejor que hacer que nos afecte. Más vale que nada, ni humano ni ajeno, nada en absoluto, provoque un estertor antes de tiempo; y menos todavía que, por un mal caso, despierte de su sueño como de una pesadilla, en una explosión de magma y cólera desatada.


Mucho saben los hombres, aprendido desde que tienen memoria, que poco pueden hacer para protegerse si la montaña despierta con ira. Así pues, subid en paz y guardad silencio. Por vuestro propio bien. Sed respetuosos.


Ojalá que sigamos siendo hormigas. Ojalá que sigamos siendo tan poca cosa a su lado, tan inofensivos, como para que nos deje hollarla

sin estremecimientos; con la condición de ascender sin dejar rastro, en busca de la paz con la roca surgida de las profundidades. Es así cómo el montañero busca en el reto del ascenso la paradoja en pendiente contraria, el descenso al infierno más profundo y oscuro que se pueda esconder en su propio interior. Sólo así podrá trascenderse a sí mismo y superar sus límites. Sólo así podrá declararse apto en su lucha contra la montaña.


Apenas lo pensamos, pero todo nuestro mundo depende del beneplácito de la naturaleza. Nosotros no podemos hacer casi nada, sólo observarla, respetarla, y procurar que no se excite demasiado. Es muy sencillo perjudicarla, y muy, muy complicado apaciguarla cuando se molesta. Debemos hacer lo que tengamos a nuestro alcance para que todo siga en paz. Y desear, con un ojo puesto en las cumbres, que nunca pase nada que no pueda evitarse.

Silencio y respeto ante vuestro más anciano antepasado. Esas rocas desnudas entre la nieve son los auténticos rostros de los primeros tiempos de la tierra, y aquí seguirán cuando los humanos no seamos yaniunrecuerdoflotandoporelplaneta.Losgrandesgolems de piedra y hielo primigenio nos miran pasar sin alterarse, indiferentes, y no tienen que hacer demasiado para provocar en los hombres y las mujeres de bien un escozor extraño en la nuca, un peso invisible que aplasta el ambiente, que desplaza el aire, que asfixia toda emoción que no sea sentirse pequeño. Basta con el peso de sus sombras, de sus siluetas colosales fuera de toda medida, para expulsar el aire de nuestro alrededor y provocarnos un jadeo lastimoso que se disuelve con nuestro exangüe vaho, y que nadie podrá escuchar nunca enmedio de la ventisca.


En tantos eones riéndose de lo vivo, cuántos seres deben haber sido engullidos y asimilados a sus entrañas como pequeños trofeos, recuerdos, abalorios azules de cristal. A veces, durante un fugaz momento, cuando el sol alcanza un ángulo concreto, se perciben sombras difusas en lo profundo de los hielos glaciares. Algunos bloques, metros de grosor de hielo azul más compacto que el acero, existían mucho antes de que nuestra propia raza aprendiera a descascarillar el pedernal. No podemos ni acercarnos a imaginar qué tipo cosas deben haber visto las montañas a lo largo de millones de años. Y que así continúe siendo para siempre.Id en paz, y paz será lo que hallaréis en vuestro viaje. Más vale estar prevenidos. No sabemos si, de repente, entre las brumas que crean las nubes al desgarrarse contra la montaña, nos toparemos con el fantasma de alguna de nuestras vidas pasadas o futuras, que una vez perdió -o perderá- el sendero que le conducía a su propio centro. El fantasma de cada montañero, vivo o muerto -pues el muerto siempre vive en la montaña para guiar a otros donde él no tuvo suerte-, vaga desde entonces por estas laderas heladas, desiertas de vida, buscando quien le dé una palmada en la espalda, unas palabras de aliento y un trago de buen whisky americano. No puede haber reto más grande que enfrentarse a lo eterno, pues es la única forma de conocer nuestro verdadero tamaño respecto al mundo, nuestra verdadera importancia, nuestra relativa importancia. Sólo así podremos estar preparados para el mayor y más peligroso de todos los retos: enfrentarse con la propia sombra en un duelo en un desfiladero blanco. El infierno, si es que existe, debe ser un desierto blanco de frío y hielo infinito.


Sólo nos queda enfrentar a la montaña desde el honor. Desafiar a la Tierra en un duelo entre caballeros. Subir hasta el cielo es requisito necesario para tomar consciencia de cómo debe ser el infierno. Nunca lo olvides.


El Ragnarok comenzará, tarde o temprano, en una montaña.

Angel M. Alcalá

Ficha Técnica

Medio: Grafito sobre papel algodón

Medidas: 50 x 50 cm
Fecha: 2014 – en proceso